LA NEUROCIENCIA DETRÁS DE LA ALIMENTACIÓN

Si bien la acción de alimentarnos es uno de los actos más antiguos e intrínsecos practicados por los humanos, la ciencia apenas está alcanzando ponerse al día con sus más especiales beneficios. Estudios recientes muestran que una alimentación bajo ciertos criterios puede tener un impacto positivo en el estrés, ansiedad, concentración, atención, creatividad, memoria e incluso hasta en tus relaciones interpersonales. Dabba pretende enseñarte cómo alimentarte para que, más allá de obtener el input de energía diario y el mantenimiento estructural que tu cuerpo necesita, puedas alcanzar el máximo potencial de las funciones cognitivas y emocionales que tu sistema nervioso es capaz de ejecutar.


THE – NOT SO – BASICS

Las funciones cognitivas están constituidas por procesos mentales que intervienen en la adquisición del conocimiento y la integración de dichos procesos en el aspecto consciente de las emociones que influyen en el estado de ánimo. La evolución y complejidad de estas funciones sólo puede mejorar gracias a la neuroplasticidad o plasticidad sináptica cerebral, que es la capacidad que conservan nuestras neuronas de establecer nuevos circuitos neuronales para activar más y diferentes áreas de nuestro cerebro y ser así capaces de realizar acciones de mayor complejidad, siendo algo esencial a la hora de procesos de aprendizaje y creatividad. Han sido descritas algunas influencias de factores dietéticos sobre la función neuronal y su plasticidad sináptica, revelando algunos de los mecanismos responsables de los efectos de la dieta en el funcionamiento cerebral.

El tracto gastrointestinal es el órgano con más terminaciones nerviosas después del cerebro.

Para empezar a entender este fenómeno es importante mencionar que el tracto gastrointestinal es el órgano con más terminaciones nerviosas después del cerebro, y es el responsable de producir la mayor concentración de serotonina en nuestro organismo – mejor conocida como “la hormona de la felicidad”, y razón por la cual es el blanco de los tratamientos antidepresivos. Ésta y otras hormonas liberadas en el intestino pueden entrar en contacto con el cerebro directamente influyendo así en su función cognitiva. Además, factores reguladores de la neuroplasticidad – el más importante es el factor neurotrófico derivado del cerebro o BDNF – responden a señales percibidas en el intestino a la hora de ingerir alimentos. Al comprender la base molecular de los efectos de los alimentos sobre el sistema nervioso, podemos manipular nuestra alimentación con el fin de potenciar algunas funciones del sistema nervioso central.

Básicamente, nos da hambre no sólo de comer sino de aprender.

Los circuitos neuronales entre nuestro cerebro y el sistema digestivo que participan en el comportamiento alimentario coordinan los centros cerebrales que modulan el equilibrio energético y la función cognitiva. Los efectos de los alimentos sobre la cognición y las emociones comienzan incluso antes de la ingestión de alimentos: el recuerdo de la experiencia sensorial visual, olfativa y gustativa influyen sobre nuestro estado emocional, es decir, se nos puede antojar comer algo en específico tras estar en contacto con un recuerdo – placentero o no –  y puede ser sobre una situación, lugar o sabor específico. Primero, percibimos la sensación de hambre desencadenada por un estómago vacío; señal que viaja a través del nervio vago y provoca la liberación de la hormona grelina que, además de producir hambre, se ha demostrado como estimula la plasticidad sináptica en las áreas relacionadas con el aprendizaje – básicamente, nos da hambre no sólo de comer sino de aprender.

Al ingerir alimentos, se desencadena la liberación de otras hormonas como la insulina y el péptido similar al glucagón 1 (GLP1), que llegan a través de la circulación al hipotálamo y al hipocampo; estructuras del sistema nervioso encargadas del metabolismo energético y la memoria respectivamente. Una vez que estamos por terminar de alimentarnos, nuestro cuerpo segrega la hormona de la saciedad – leptina – y ésta se activa al unirse a receptores específicos en el hipotálamo que, por un lado, suprimen el hambre y, por otro, aumentan la liberación de BDNF en el hipocampo, estimulando la plasticidad sináptica de las neuronas locales, permitiendo el establecimiento de neurocircuitos que se traducen en la producción de nuevos recuerdos y también aprendizaje.

Por su parte, el hipotálamo no sólo coordina la ingesta de alimentos a través del equilibrio de las hormonas grelina-leptina, sino que coordina a su vez la actividad intestinal con áreas del sistema límbico como el hipocampo, la amígdala y la corteza cerebral, estructuras importantes a la hora de modular nuestro comportamiento. Esas señales viscerales, que viajan a través del nervio vago, proporcionan información sensorial al cerebro permitiendo que la actividad intestinal influya en la cognoción, emociones y viceversa –  ¿Recuerdas las famosas mariposas que revolotean en tu estómago al ver a esa persona especial, o las infinitas náuseas que vives cuando se acerca esa junta con tu jefe? Pues se trata de la prueba más empírica y cotidiana que posees sobre la íntima conexión entre tus vísceras y tu cerebro.


“BUT NOT ALL FOOD IS SMART & HAPPY FOOD”
      

Si bien alimentarnos genera las múltiples cascadas de reacciones neuroquímicas que permiten activar nuestra atención, concentración, creatividad, aprendizaje y emociones, sólo ocurre cuando consumimos los alimentos correctos, en las cantidades precisas y en en el momento adecuado – el asunto es todo menos sencillo.

Al igual que un auto costoso, nuestro cerebro funciona mejor cuando obtiene combustible de primera calidad. Comer alimentos de alta calidad, ricos en vitaminas, minerales y antioxidantes nutren el cerebro y lo protegen del estrés oxidativo generado por los radicales libres producidos cuando el cuerpo utiliza oxígeno. Por desgracia, al igual que un coche caro, el cerebro puede verse perjudicado si ingerimos algo diferente al combustible premium. Si las sustancias de combustible de baja calidad – o las moléculas obtenidas de alimentos procesados – llegan al cerebro, nuestro organismo tiene poca capacidad de desecharlos. Un ejemplo son las dietas altas en azúcares refinados, perjudiciales para el cerebro al alterar la regulación de insulina y promover los estados inflamatorios y el estrés oxidativo, que si bien son procesos fisiológicos, es decir, normales en el funcionamiento humano, se muestran de manera acelerada al adoptar malos hábitos alimenticios, y nos lleva a la consecuencia de padecer enfermedades crónicas y degenerativas, que van desde alteraciones cardiovasculares y metabólicas – hoy en día controlables bajo tratamiento en su mayoría farmacológico – hasta enfermedades mortales como cáncer, y otros trastornos irreversibles como Parkinson, Alzheimer y Esclerosis Múltiple, por mencionar sólo algunos.

Con base en esto y más, en Dabba estamos motivados por la posibilidad de que las manipulaciones dietéticas sean una estrategia viable para mejorar nuestro desarrollo de habilidades cognitivas. Alimentarnos de una manera adecuada va más allá de promover la salud, de proteger nuestro sistema nervioso de daños y favorecer su mantenimiento continuo, y contrarrestar los efectos del envejecimiento. Comer bien nos permite dominar nuestro potencial en los diferentes ámbitos de la vida y nos permite crecer  y querer superarnos como individuos.

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